Despido el año sobrecogida por mar enfebrecido de olas y vientos que desborda caminos y paseos. Las olas enormes se abren en una espiral que transita entre las profundidades y las rocas impotentes ante tal estruendo. El cielo descarga aguaceros y lloviznas en sinfonía con las mareas.
El océano Atlántico. El principio y el final de un continente, la fuerza de la Naturaleza que tanto echo en falta en mi vida cosmopolita. En la villa de Cascáis, las barcas permanecen amarradas a la espera de una tregua que no llega en dos semanas. Las manos ociosas reparten cartas y suertes sobre los tableros de tascas. El oráculo de los que acumulan más inviernos en sus entrañas.
Recibí el 2.009 al pie de sus playas salpicadas de gaviotas bajo un cielo añil esplendido. Despido el año entre fulgores de sal y espuma que reflejan un cielo metálico hinchado de agua y viento. Entre medias, una sucesión de escenas que se deslizan en círculos hacia los abismos de la memoria.
Arenas blancas, flores exóticas, frutas y atardeceres de ensueño. Sonidos vibrantes, violines y trompetas. La maestría de unos dedos sobre el piano, las ondulaciones de una voz sobre el escenario. Intermedios, danzas y aplausos. El cuerpo exaltado en personajes y lienzos, que en mis sueños permanecerán asociados a cuatro números. Un año más, un año menos.
Cerraré los ojos en la madrugada, agotados de celebraciones y charlas con esa leve inquietud ante lo desconocido. El año nuevo, el inicio de otra década. Cofre brillante y húmedo donde coleccionar recuerdos que no han sido. Esperanza. Rostros y palabras amigas me acunarán en el silencio de este primer día con sus sonrisas y anhelos.
Costa de Guincho. Foto: C. Huerta











